Cuaresma: Siete razones para ayunar

Muchos consideran el ayuno como un vestigio de tiempos arcaicos, pero en los últimos años esta práctica ha sido reconsiderada por sus aspectos dietéticos, políticos o ecológicos.  Pero  la Iglesia sigue invitando  a los fieles a practicarlo, desde sus razones fundamentales.  ¿Cuáles son?

1. Ayuda a la conversión

En el comienzo de la Cuaresma, la liturgia de la Iglesia nos interpela claramente: “conviértete y cree en el Evangelio” (Mt 4, 17). Y aunque la conversión es obra del Espíritu Santo, también necesita de nuestra colaboración. Desde antiguo, la Biblia llama la atención sobre el poder que tiene  el ayuno, junto con la oración y la ofrenda, en los procesos de conversión de las personas (Mt 6, 1-8; Tb 12, 6).  La penitencia a través del ayuno nos hace más libres del materialismo, y nos  prepara para la oración.

2. Nos orienta a Dios

El pecado consiste en separarse del Creador, para dirigirse hacia la creatura, convertida  esta en un ídolo. El ayuno permite restaurar el deseo de acercarse a Dios, de dirigirse a Él, y de amarlo por medio de la creación.  Nos lleva a tener “hambre” de Dios.

3. Nos fortalece la templanza

El ayuno es clave para la adquisición de la virtud de la templanza, que es el dominio de los instintos por la voluntad. Los instintos nos  invitan al placer descontrolado de los bienes materiales o intelectuales y la voluntad discierne sobre sus peligros y nos lleva a preferir aquellos que hacen bien al alma y rechazar los excesos o aquellas cosas que hacen daño.  Pero, ¡atención!  El ayuno debe estar acompañado de actos de humildad y de caridad, para evitar que nos haga orgullosos de ser “ascetas”.

4. El ayuno y la generosidad

La liturgia del miércoles de Ceniza precisa claramente que la finalidad del ayuno al que estamos invitados es “El ayuno que a mí me agrada consiste en esto: en que rompas las cadenas de la injusticia y desates los nudos que aprietan el yugo; en que dejes libres a los oprimidos y acabes, en fin, con toda tiranía; en que compartas tu pan con el hambriento y recibas en tu casa al pobre sin techo; en que vistas al que no tiene ropa y no dejes de socorrer a tus semejantes”. (Is 58, 6-9)

El ayuno es, entonces, inseparable de la solidaridad con mi prójimo. Es una manera de entrar en la compasión real, en comunión más fraterna con los cientos de millones de personas que no tienen lo mínimo para vivir dignamente.

5. Nos permite apreciar la vida

El ayuno no  debe estar al servicio de intenciones mundanas.  Por ejemplo, para bajar de peso, o para disimular la anorexia. San Pablo nos dice que: “todo aquellos que coman, que beban y que hagan, que sea por la Gloria de Dios”. (1 Cor. 10, 31). La clave del ayuno está en el amor a la vida humana, tanto propia, como del prójimo.  Por eso el ayuno siempre se ofrece por una intención motivada por el amor.

6. Nos ayuda en el combate espiritual

Quienes están continuamente tentados por el Maligno –como Jesús en el desierto de Judea, o en Getsemaní-  el ayuno ayuda a rechazar nuestros propios deseos, a luchar contra Satanás y a aceptar la voluntad del Padre, algo intrínsecamente necesario para alcanzar la salvación.  Así, en la lucha interna con el pecado, que cada cristiano debe librar a lo largo de su vida, el ayuno es un excelente instrumento  que  facilita ponernos realmente e incondicionalmente en manos de Dios, dejando que El haga su voluntad.  “Hay demonios que no salen sino con ayuno y oración”. (Mt. 17, 21)

7. Es un acto revolucionario

Juan Pablo II insistía mucho en la necesidad del ayuno en la sociedad de consumo en la cual vivimos. Restringir el consumo es un verdadero acto revolucionario. Es proclamar que el Ser está primero que el Tener; proclamar que la felicidad no es cuestión de cantidad, sino de calidad.

Adaptado de BUTTET, Nicolas. “9 raisons pour jeuner” en Famille chrétienne, 1472 (abril de 2006) [en línea]   https://www.famillechretienne.fr/vie-chretienne/paques-careme/careme-9-raisons-de-jeuner-39878