Toda crisis esconde buenas noticias

La consejera matrimonial y familiar, Bénédicte Lucereau, leyó con entusiasmo la exhortación apostólica del Papa Francisco “Amoris Laetitia” (Alegría del amor). El amor está hecho para crecer, transformarse, recuperarse después de cada crisis. Es un proceso que implica paciencia, perdón y conversión.

Por: Bénédicte Lucereau (*)  

¿El Papa Francisco se ha formado en terapia de pareja? Se podría pensar que sí, pues, por primera vez en un documento de la Iglesia, se han integrado elementos de la psicología de la pareja, que combinan estrechamente con la espiritualidad marital y la teología del matrimonio católico. Nos hace pensar en la pareja y el matrimonio en términos de proceso e integra permanentemente la noción de tiempo. ¡Qué realismo!, ¡qué comprensión de la dinámica marital, que es “una danza” (§219) que no debe detenerse nunca, una construcción cotidiana, que permite madurar a cada cónyuge y al amor que los une!.

Del sentimiento a la benevolencia

El acompañamiento pastoral de los novios y de las parejas jóvenes debe ayudarles a superar un amor basado únicamente en el sentimiento y que es por tanto, frágil “cuando la afectividad entra en crisis o cuando la atracción física decae”, para entrar en un amor de benevolencia. fragilidad del otro, apoyo mutuo. “El matrimonio no puede entenderse como algo terminado… Al unirse, los cónyuges se convierten en protagonistas, dueños de su historia y creadores de un proyecto que hay que realizar juntos. Para ello, no exigimos que el cónyuge sea perfecto. Debemos dejar a un lado las ilusiones y aceptarlo como es: inacabado, llamado a crecer, evolucionando”(§218).

Expectativas demasiado altas

Uno de los peligros del matrimonio, y a menudo del matrimonio católico, es que esperas todo de él: felicidad, éxito, aprobación,  el remanso de paz donde reconstruirás tus fuerzas después del trabajo, la confirmación de la propia identidad, la lugar de autorrealización, la realización de una familia más hermosa que la de la que uno proviene, el sentimiento de ser finalmente comprendido por el otro, etc. El Papa escribe:

“Una de las causas que llevan a la ruptura matrimonial es tener expectativas demasiado altas sobre la vida matrimonial. Cuando descubrimos la realidad, más limitada y difícil de lo que soñamos, la solución no es pensar rápida e irresponsablemente en la separación, sino asumir el matrimonio como un camino de maduración, donde cada cónyuge es un instrumento de Dios para hacer crecer al otro. Son posibles el cambio, el crecimiento, el desarrollo de las buenas potencialidades que cada uno lleva. Cada matrimonio es una historia de salvación, y esto supone partir de una fragilidad que, gracias al don de Dios y a una respuesta creativa y generosa, da paso poco a poco a una realidad cada vez más sólida y hermosa. Quizás la misión más grande de un hombre y una mujer enamorados es hacer que el otro sea  más hombre o más mujer. Crecer es ayudar a otros a amoldarse a su propia identidad. Por eso el amor es artesanal ”(§221).

Crisis: oportunidades para amar más y mejor a los demás

En este proceso de construcción del “nosotros” conyugal, el Papa reconoce de manera realista el paso de las crisis, que no solo son inevitables, porque son parte de la vida, sino que también se reconocen como grandes oportunidades para avanzar en el camino,  para descubrir  quién es “este maravilloso” cónyuge con el que comparto mi vida, y del que todavía tengo mucho que aprender y descubrir. Aunque sean fuente de angustia, dolor y dificultades, cada crisis, dice el Papa, “esconde una buena noticia… Debemos ayudar a descubrir que una crisis superada no conduce a una relación menos intensa, sino que conduce a mejorar, fermentar y madurar el vino de la unión. 

No vivimos juntos para ser menos felices, sino para aprender a ser felices de un modo nuevo, a partir de las posibilidades que abre una nueva etapa ”(§232). ¡Qué esperanza! ¡Sé feliz de una nueva forma! Co-evolucionar con el otro, en un perpetuo devenir, lo que significa que la vida está llena de potencialidades, de riquezas por descubrir, de renovadas oportunidades, que evitan caer en el cansancio o la rutina. ¡Y qué llamada para los implicados en la pastoral familiar a aprender a acompañar a las parejas, a ayudarles en estos “pasajes” difíciles: paciencia, competencia, compasión, discernimiento!

Buscar las causas profundas

Si cada crisis es un desafío, una oportunidad de crecer en un amor más maduro y más responsable, el Papa da las claves para descifrar el origen de las crisis. La negación, la huida, el aislamiento, el mutismo, no son otra cosa que medios de defensa inapropiados que retardan la resolución de los problemas, que enquistan la relación y endurecen las posiciones de cada cónyuge y que provoca el aumento de la incomprensión y del rencor. “En una crisis no asumida, la más afectada es la comunicación. Así, poco a poco, quien era la ‘persona que amo’ se convierte en ‘aquel que me acompaña en la vida’ o simplemente ‘el padre o la madre de mis hijos’ y finalmente un extraño” (§233). Al llegar a este punto la separación no está lejos.

Para afrontar una crisis es necesario estar presente: presente para sí, presente para el otro… Ser capaz de hablar de manera profunda de aquello que no va bien, de lo que genera decepción o de lo que hace sufrir. A veces es necesario buscar ayuda, porque no se aprende a hablar de manera profunda cuando todo va bien. El papa invita con frecuencia a crear espacios de diálogo y de relectura de vida, a fin de ayudar a hacer un diagnóstico sobre las causas profundas y ocultas de los sufrimientos conyugales.  Invita a “acercarse a las crisis conyugales con una mirada que no ignora la carga de dolor y de angustia” (§234). ¡Que compasión!. ¡Que comprensión de las situaciones!.  Nada de juicios, na de sentimiento fracaso ni de condena: siempre un llamado a levantarse, a recomenzar juntos, porque, con la buena voluntad y la gracia de Dios esto es posible.

Crisis comunes o personales

El Papa distingue acertadamente los distintos tipos de crisis que pueden afectar al vínculo matrimonial: hay crisis comunes a todas las parejas, propias de las distintas etapas que la pareja atraviesa; hay crisis personales, ya sea por factores externos a la pareja, o por viejas heridas de la infancia que nunca se han trabajado y curado, y que se desbordan en la relación de pareja, afectándola. El Papa no duda en animar “a asegurarse de que cada uno ha seguido un camino de sanación de su propia historia, antes de tomar decisiones importantes, si la relación entre los esposos no funciona bien” (§240). Invita a cada cónyuge a reconocer humildemente que a veces “su forma de vivir el amor es inmadura”, en lugar de culpar al otro y esperar cambiarlo.

El perdón genera madurez

Finalmente, el Papa exhorta a poner en marcha una pastoral de reconciliación: la pareja es el lugar por excelencia del perdón solicitado y recibido sin cesar, perdón que conduce a la reconciliación. No nos entendemos tan fácil, y en cambio nos lastimamos, nos decepcionamos… Aquí es necesario el apoyo de la gracia, con la práctica de los sacramentos, y a veces también con la ayuda externa y profesional (§236). Cada cónyuge puede preguntarse “si creó las circunstancias que llevaron al otro a cometer ciertos errores”. Un buen ejemplo de corresponsabilidad en la pareja: lo que hago (o no hago, o más), lo que digo y la forma en que lo diré, influye en la reacción del otro. No todo es “culpa del otro, de quien yo sería el mártir”. “Así, cada uno, por su compromiso de amor y por los años de convivencia, está indisolublemente ligado a su cónyuge. El perdón, entregado y devuelto incansablemente, construye esta madurez necesaria para “volver a elegir al otro como compañero de viaje, más allá de los límites de la relación, y permite aceptar con realismo que no puede satisfacer todos los sueños”.

Un camino

Con estas herramientas de diagnóstico, esta esperanza de que un futuro siempre sea posible, el Papa invita a los esposos a hacer de cada crisis un nuevo “sí”, que permita renacer el amor fortalecido, transfigurado, madurado, iluminado. Si las causas fundamentales han salido a la luz, entonces la pareja podrá “renegociar sus acuerdos básicos” (lo que los terapeutas llaman el mito conyugal) para redefinir un nuevo equilibrio y juntos comenzar una nueva etapa en su vida.

Proceso, crecimiento, esperanza, maduración: ¡sí!. El matrimonio es un camino: no lo presentemos como un fin, ni como un ideal inaccesible reservado a una élite. Esta es una buena noticia para todos, especialmente si se les ofrece un apoyo cercano. Bonita aventura, ¿verdad?

El veneno de viejas heridas…

“Es comprensible que en las familias haya muchas crisis cuando uno de sus integrantes no ha madurado su forma de relacionarse, porque no está curado de las heridas recibidas de alguien en otra etapa de su vida. La infancia o la adolescencia mal vivida es un caldo de cultivo de crisis personales que acaban afectando al matrimonio. Si todos hubieran madurado normalmente, los ataques serían menos frecuentes o menos dolorosos. Pero el punto es que a veces las personas necesitan alcanzar una madurez retrasada a los 40 años, la cual debería haberse logrado al final de la adolescencia. A veces amamos con el amor egocéntrico de un niño, fijado en una etapa donde la realidad se distorsiona y donde nos entregamos al capricho de que todo gira a nuestro alrededor. Es un amor insaciable, que llora y llora cuando no tiene lo que quiere. Otras veces, amamos con un amor fijado en la adolescencia, caracterizado por el enfrentamiento, la crítica aguda, el hábito de hacer sentir culpables a los demás, la lógica del sentimiento y la fantasía, donde los demás deben cumplir su propio vacío o satisfacer sus caprichos ”(AL, n. ° 239).

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